Ángeles y humanos

Hubo un tiempo en que los ángeles moraban la tierra, campaban a sus anchas por valles, llanuras, y montañas. Dicen de aquella edad remota que el cielo era de un azul intenso y el sol brillaba con una luminosidad especial, onírica; su luz se derramaba sobre la hierba como leche en un cuenco, como si la magia fluyera y se pudiera respirar en el aire.

No habían aparecido aún los Reinos de los Humanos, ni tampoco había animales ni más plantas que la fresca hierba verde que cubría la Tierra entera. Los mares y océanos eran tranquilos, no había olas, tan sólo un sutil ir y venir de las aguas en la orilla, un continuo mecer que murmuraba suaves melodías, apenas un susurro. Tampoco había más viento que una ligera brisa arremolinada que corría entre los valles, libre realmente, ni más nubes que algún algodón ocasional allá en el horizonte, inmóvil a la vista, pues podría tardar semanas en cruzarlo de este a oeste o de norte a sur.

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Rol

A la luz de las antorchas, el olor a ternero asado despierta el apetito. Las jarras de cerveza vuelan, brindan y celebran la última hazaña heroica. Cualquier excusa es buena para disfrutar un buen manjar, arropado por el calor del hogar y el olor de la leña ardiendo, escuchando fantasías y leyendas de labios de viejos borrachos.

El hechizo o música de los trovadores llena los oídos con las gestas de grandes guerreros, que en otros tiempos cambiaron radicalmente la historia de los Pueblos Libres, a fuerza de valor y metal, de virotes y de espadas.

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Números

Los números se levantaron y comenzaron a pasearse. Se sentían solos y aburridos sin nadie que los sumara, ni tan siquiera los dividiera de tanto en tanto, así que decidieron salir a probar fortuna.

Algunas leyes abstractas soplaron a su paso, levantando una brisa que en ocasiones se tornaba vendaval, y se llevaba a muchos de ellos, arremolinándolos en torbellinos lógicos, arrastrándolos hacia otros lugares matemáticos mejores.

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Renacer

Las luces del ocaso tornan el cielo de un color rojizo anaranjado. Algunas nubes bajas juegan con los rayos de un tenue sol, adquiriendo todas las tonalidades de color posibles, y las formas son alargadas como si la luz tirase de sus extremos.

Una silueta se recorta contra el horizonte, produciendo una sombra que se deforma con las suaves ondas del terreno. Todo lo que sus ojos alcanzan a ver es un paisaje completamente llano, en el que apenas destacan algunas colinas distante, marcadas por la erosión de otros tiempos.

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