Rachel

Ella odiaba los domingos por la tarde, y también los partidos de fútbol. Odiaba los días nublados y que el viento molestara a los rayos del Sol. Nunca le gustaron los Rolling Stones y mucho menos la ópera. Realmente la música nunca le dijo nada.

Detestaba las canciones melancólicas, y los árboles altos sin cabaña ni escalera. Odiaba las praderas y los columpios vacíos en las ramas; pero sobre todo le entristecía ver las rocas desnudas de los arroyos secos.

Siempre quiso olvidar aquella niña que se columpiaba bajo el árbol, queriendo superar al viento para alcanzar el cielo y las estrellas. Huía de su padre cada vez que la llamaba y odiaba también tener que ir al colegio. Sobre todo odiaba los cascos de las botellas vacías de cerveza.

Si tuviera que quitar algo de su vida, sin duda serían las noches en su casa, y todos aquellos chicos que dijeron quererla. Y si algo le gustaba era vivir soñando. Soñar ser una gaviota y volar alto sobre los barcos y sobre las olas. Guiñar un ojo a los destellos de complicidad del Sol sobre la espuma del mar.

Siempre odió sus incómodos zapatos, y siempre quiso comprarse unos deportivos para correr. Odiaba haber nacido y no poder hacer nada para cambiarlo.

Ahora ella sólo odia su memoria y su conciencia. Ahora es ella quien busca a los padres y a los amantes que no quieren compromiso. Vive alimentada por un sueño de niña que sabe irrealizable, y no se queja.

Ya no llora ni patalea porque no le quedan lágrimas para llorar, porque no se puede romper lo que ya está desecho, y porque la época del colegio quedó atrás.

No tiene amigos con quien hablar y a sus conocidos sólo les dice ‘dame treinta’.

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