Renacer

Las luces del ocaso tornan el cielo de un color rojizo anaranjado. Algunas nubes bajas juegan con los rayos de un tenue sol, adquiriendo todas las tonalidades de color posibles, y las formas son alargadas como si la luz tirase de sus extremos.

Una silueta se recorta contra el horizonte, produciendo una sombra que se deforma con las suaves ondas del terreno. Todo lo que sus ojos alcanzan a ver es un paisaje completamente llano, en el que apenas destacan algunas colinas distante, marcadas por la erosión de otros tiempos.

La corta hierba verde cubre todo cuanto le rodea, como un resurgir de la vida que antaño fuera mermada. Algún árbol de grandes frutas carnosas destaca en la planicie de su entorno.

A su derecha, muy lejos, destacando contra el cielo rojizo, se levantan restos de estructuras que alguna vez fueron edificios de una cultura muy avanzada, a deducir por sus formas suaves y redondeadas, casi surrealistas, que llegan a alcanzar alturas descomunales, desafiando las leyes de la gravedad.

Su estado es ruinoso, y se confunden con la vegetación, que se ha ayudado de las grietas de sus muros para alzarse todo lo posible en una carrera por tocar el cielo y acariciar al Sol.

Lejos quedan los tiempos de la Gran Guerra, de la Devastación. Ya nadie recuerda las dunas y las rocas desnudas de un planeta desierto; ni las tormentas de arena, ni las disputas entre hermanos por un sorbo de agua.

Nadie excepto aquella silueta que mira el horizonte, de pie, al lado de un riachuelo de agua fresca y cristalina. Él vivió la devastación. Y junto a unos pocos sobrevivió para disfrutar del paraíso de una Nueva Era.

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