Jake

Jake era un chico del sur, alegre, soñador y vivaracho. De pequeño oyó decir a su padre que las mujeres algunas veces no mentían, y a su madre que otras tantas eran los hombres quienes no hacían daño. Así que Jake estaba prevenido y preparado para todo. Y creció muy deprisa.

Un buen día Jake decidió salir a ganarse las habichuelas fuera de casa. La vida en el sur era difícil para soñadores, y alguien hablaba en los bares de ciudades mejores. Tan sólo leyendas urbanas que describían tabernas de piedra en nada parecidas a aquellas paredes de yeso donde se apuraban las jarras de cerveza sureña; rincones salpicados entre calles mojadas, donde la magia cautivadora se respiraba en el aire, y de cuando en cuando algún fantasma te podría devolver la sonrisa.

En vistas de un largo viaje decidió no llenar su zurrón con nada más que lo indispensable: una flauta y las canciones grabadas en su memoria, para animar la marcha y a la gente que encontrara en su camino; un libro, maltratado por el tiempo pero cuidado con esmero, que narraba las historias de un joven príncipe que decidió conocer planetas, le serviría de aliento en sus descansos; una bota de piel para recoger agua en los arroyos, y la tranquilidad de saber que el unico alimento que necesitaba para mantenerse vivo era el anhelo de aquello que había salido a buscar.

Durante varios meses anduvo, guiado por sus corazonadas y alguna que otra estrella. Los árboles le servían de refugio en los temporales de lluvia, y los puentes en los de viento. La gente le observaba con curiosidad mientras él hacía sonar en su flauta una melodía que nunca terminaba, camino de La Ciudad. Algunas risas le acompañaban, otras carcajadas se quedaban atrás… pero las miradas se le adelantaban, abriéndole zanjas en el camino, mientras intentaban no comprender el motivo de su marcha.

Pisando injurias, tropezó cientos de veces; sus guantes de lana quedaron en nada; sus ropas cada día se rasgaban entre las zarzas que crecían en la cuneta, y beber el agua de su bota era una ruleta rusa desde que aceptó confiar en la buena fe de algunos hombres de bien.

Débil, cansado, decepcionado por tantas dificultades a las que no encontraba explicación, su musica se volvió rancia por la falta de ilusión y escondió su querido libro en lo mas hondo del zurrón. Quedó relegado a la última posicion en su carrera contra miradas, risas y carcajadas.

Unos días despues, trastabilló, y cayó desvanecido. Rodó varios metros por la suave ladera de una colina, pintada de hierba fresca, hasta terminar al lado de un tranquilo lago de cristal, tendido boca arriba en el suelo.

Cuando recobró el conocimiento, la imagen más hermosa que nunca pudo imaginar colmaba sus pupilas. Una luz cegadora no le dejaba ver más allá del rostro blanquecino de una joven sonrisa. Oyó una pregunta que no era más que una simple melodía, a la que respondió con otra sonrisa que sólo contenia esperanza. Entonces lo entendió… era el final de su canción; y paulatinamente la melodía de su flauta comenzó a sonar en su cabeza.

Se frotó los ojos para asegurarse de que aquello no era un sueño, y al abrirlos de nuevo, sólo vio algunas nubes en el cielo azul, que crecieron hasta ocultarlo. Comenzó a llover.

Jake rescató su flauta y su libro de su arresto en el zurrón y siguió su camino con fuerzas renovadas… corriendo con energía y tocando y cantando aquella aparición con una extraña alegría que nunca habia sentido en días de lluvia.

Al atardecer del quinto día, los tejados grises de La Ciudad se mostraron ante sus ojos. Jake penetró en sus calles, atónito, admirando la belleza de sus muros de piedra mojada, y respirando el ambiente de leyenda que emanaba de algunas casas. En las esquinas, viajeros como él hacían sonar sus músicas, mezclándose entre los edificios como un gran rumor de la grandeza de su Catedral. Siguió el río de gente que iba y venía, hasta llegar a una gran plaza… donde tal vez los mosqueteros de antaño entrenaran para defender a la reina, o quién sabe si alguna bruja sería qemada aquella noche justo en el medio…

Cuando llegó al final de la plaza, se giró, y su tiempo quedó detenido con aquella visión. La mayor construcción en nombre de los dioses que en su vida pudo contemplar, se alzaba ante sus ojos con la majestuosidad que sólo el tiempo puede otorgar a las grandezas de la Humanidad. Y, delante de esta nimiedad, la joven de su sueño le miraba, sonriente.

¿Y bien?, le preguntó.

Me llamo Jake – respondió – y tú eres el final de mi canción.

Y sonrió.

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